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Heridas de la Infancia

Posted by Susana on abril 18, 2017
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¡Identifícalas, Sanalás, Reinventate!

Por. Gabriela Porras Rangel

Directora Gral. INTEGRA-T

Cuando se busca entender la personalidad de los sujetos y el por qué de sus reacciones, actitudes, elecciones, emociones e incluso de los pensamientos que elige, tendríamos que entenderlos desde su historia personal. Es común escuchar que “infancia es destino” algo con lo que yo no estoy de acuerdo, dado que soy creyente de que podemos “reinventarnos” y sanar nuestras heridas o sucesos significativos vividos en nuestra historia personal.

Lo que sí es un hecho, es que nuestras circunstancias, como bien afirmó José Ortega y Gasset en su célebre frase “yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo” son determinantes del presente inmediato, y por tanto es algo que tenemos que revisar, entender, procesar y sanar.

Explica Lisa Boubeau en su libro Las cinco heridas que impiden ser uno mismo, que en este proceso de sanación, debemos pasar por una fase de aceptación de la vivencia, y posteriormente de aceptación de mí mismo como partícipe de ésta circunstancia, y seguro llegaremos a la adaptación, el aprendizaje y la reinvención del ser. Se puede aceptar lo vivido desde la visión egocéntrica “ese algo que me pasó y lo entiendo, pero no lo merecía” pero no ayuda a la sanación emocional; cuando en realidad se pretende resolver dicha herida emocional, es necesario hacer un acto de alta valentía y asumir aceptando cómo me hace sentir eso vivido, cómo lo vivo hasta hoy, y que necesito o me será más útil hacer para resolverlo y por tanto soltarlo. Es pasar por tanto, del resentimiento a la liberación del alma, de responsabilizar a los otros, al destino o a las circunstancias a la apropiación y el empoderamiento personal, es apropiarnos de lo que sentimos y lo que queremos seguir sintiendo. Aportado lo anterior, analicemos qué pasa durante nuestra historia infantil. Resulta común por desgracia, que nuestra salud emocional adulta se encuentre impactada desde la infancia y con frecuencia, no somos conscientes de qué exactamente es responsable de nuestro actuar, incluso a qué obedece el bloqueo de nuestro potencial o por qué respondemos con ira, temor, inseguridad, sobre apego, apatía, conformismo etc. Hoy esto será más claro, el origen de muchas de nuestras actuales conductas las encontraremos y entenderemos en las experiencias significativas y dolorosas de la niñez. Pero recordemos siempre con la gran posibilidad de cambiar, mejorar y reinventarnos.

Lisa Boubeau identifica el abandono, rechazo, humillación, traición e Injusticia, como algunas de las heridas de la infancia y deduce, que el temor a revivir el sufrimiento que éstas heridas ha provocado, detona el uso de “máscaras emocionales” que dificultan nuestro paso por la vida e incluso nos hacen vivir un estado de incongruencia y un conflicto existencial entre el verdadero sentir y lo que se proyecta. Analicemos cada una de estas heridas y cuáles son sus efectos en la edad adulta.

La herida del Abandono.  Ésta se produjo cuando de niños nos sentimos solos, en desamparo, no protegidos, por tanto no importantes o valiosos para los otros. Recordemos que la percepción de abandono no está únicamente vinculada a la sensación de estar solo sin compañía, sino es la percepción de no contar con el interés o el acompañamiento de los otros. Siendo el desamparo el peor enemigo de quien vivió abandono en su infancia.

Como consecuencia, cuando el niño desamparado sea adulto, buscará por todos los medios prevenir o evitar el hecho de volver a sufrir el abandono. Aplicando la máxima “antes de que me abandonen yo abandono” y entonces tendremos un adulto que tenderá a abandonar parejas, compromisos, proyectos, actividades, respondiendo dicha actitud a un mecanismo de defensa ante el temor que le ocasiona revivir aquel sufrimiento.

Siendo común que sus pensamientos y expresiones sean: “Te dejo antes de que tú me dejes a mí”, “nadie me apoya, no estoy dispuesto a seguir soportando esto”, “si te vas, no vuelvas…”. La herida del rechazo aparece con la limitación o poco acercamiento que nos permitieron tener nuestros padres o familiares queridos hacia ello, gestándose la percepción de no ser aceptados, no deseados o incluso con autodescalificación hacia uno mismo. Dado que no será lo mismo que la persona que queremos no esté ahí y que da la sensación de abandono, a que estando no me atienda o me permita el acercamiento, impactando con mayor fuerza a la autoestima y valía personal. Por lo tanto ese niño o niña rechazado que fuimos no se siente merecedor de afecto, ni de comprensión y la mejor respuesta que tendremos es el aislamiento. Es probable que si fuimos un niño o niña rechazado desarrollemos una personalidad huidiza, evitativa e incluso con miedos internos que generen pánico.

La herida de la humillación. Cuando de niños constantemente se nos desaprobó o recibimos críticas hostiles nada constructivas a nuestro actuar, se da origen a la sensación de humillación, y cuando quienes aplican esto son quienes nos deben amar, proteger y entrenar, entonces cobra mayor relevancia e impacto. Qué tal, todas esas veces que nos etiquetaron como torpes, malos, incapaces etc. y que incluso lo evidenciaron delante de los hermanos o familiares. Destruyeron nuestra autoestima infantil y por tanto dificultaron la posibilidad de cultivar un amor propio saludable, desarrollando una personalidad dependiente en muchos de los casos, aprendiendo además en la edad adulta a ser tiranos, egoístas e incluso a humillar como mecanismo de defensa.

La herida de la Traición. Que nos cumplan todo lo prometido en ocasiones resulta a veces imposible y claro, se puede entender si como dicen, fue por causas mayores ajenas a la voluntad del que ofertó la promesa. Pero que sea la constante en nuestros padres se vuelve una herida del alma, cuando las personas cercanas a nosotros no cumplen sus promesas, la sensación que se experimenta es de traición y engaño, como consecuencia se genera una desconfianza a los otros o el entorno, que incluso se transforma en envidia y en otros sentimientos, dado que se traduce como no ser merecedor de lo prometido o de lo que otros ya tienen. Por tanto de adultos frecuentemente nos mostraremos controladores, perfeccionistas, dominantes.

La herida de la injusticia. Vivir con padres o cuidadores, fríos, rígidos, autoritarios, altamente exigentes o poco entrenadores o empáticos, es garantía para provocar un sentimiento de injusticia por uno llegar a considerarse poco efectivos o útiles, parece que nada es suficiente para cumplir las expectativas o los parámetros del buen comportamiento. Ahora que ya conocemos las cinco heridas del alma que pueden afectar a nuestro bienestar, a nuestra salud y a nuestra capacidad para desarrollarnos como personas, podemos comenzar a sanarlas. Finiquitemos emociones que corresponden al pasado y que hoy tenemos la oportunidad de revertir.

Construyendo mi actual y sana historia, finiquitando emociones

Nuestra historia personal tiene circunstancias vividas que componen nuestro contexto socio económico y nos hicieron entender el mundo. Tuvimos eventos significativos que pudieron generar un impacto emocional que predispusieron a lo que ahora es nuestra personalidad. Recibimos reforzadores a nuestra conducta, que también le abonaron a que pudiéramos traducir el mundo e identificar lo que se esperaba de nosotros y lo que podíamos o no hacer, favoreciendo o limitando un buen autoconcepto y el desarrollo de nuestra capacidad resolutiva y validación del ser. Ya identificamos qué circunstancias, personas o eventos tuvimos en nuestras vidas que provocaron algunas de las heridas de la infancia, entonces resta cerrar el círculo de recuerdos y dolor que todo esto nos provoca aún en la vida adulta. ¿Estás listo? Aquí viene la estrategia de mi compañero y amigo Rubicel. Empecemos por revisar nuestro estado financiero emocional, analicemos cuánta energía afectiva estamos invirtiendo y qué tanto rendimiento obtenemos, traducido esto como: bienestar emocional o el logro del blindaje emocional. Si nos vamos a un plano económico, la relación costo-beneficio resulta de tomar los “ingresos” (beneficios que se obtendrán con las acciones que se elijan realizar para el bienestar emocional o acercamiento de metas personales) y los “egresos” (costo, pago o desgaste emocional y energético que se dará) que son los que actualmente se tienen y en función de ello determinar el beneficio por cada acción invertida o que se desea seguir manteniendo. Ejemplo: me encuentro resentido con mi padre porque no estuvo conmigo durante la infancia porque abandonó el hogar, por eso cada vez que hablo con él, soy cortante, poco afectuoso, desacreditante y cada oportunidad que tengo le hago saber que aún recuerdo haber crecido solo, ¿te imaginas el “egreso emocional” que dicha actitud nos genera y el nulo “ingreso o beneficio emocional” que recibimos?, tal vez deseas argumentar que se lo merece, que no la pasaste bien, que lo necesitabas y no estuvo. Seguro es cierto, pero eso forma parte del pasado y ahora ya nada puede cambiar con respecto a ese tiempo. Analizar tu “estado financiero emocional” en cada una de tus acciones que te desgastan o no te ayudan a la sana convivencia, te servirá como indicador del grado de desarrollo y bienestar que nuestras actitudes o decisiones nos están generando. Entonces obtendremos el costo-beneficio de lo que hacemos. En conclusión el Costo es el precio emocional o físico que pago por mantener mi postura y el Beneficio es la ganancia que obtengo, si cedo, dejo o cambio de actitud. Pero no te dejes engañar, a veces tendemos a explicar el por qué y para qué de seguir con nuestra postura, detente y se un excelente auditor emocional, analiza fríamente, cada uno de tus actos y pregúntate contestate con honestidad, eso qué hago ¿qué costo me representa y qué “sana” ganancia obtengo?. Entendido esto, empecemos a finiquitar emociones del pasado y el presente. Lo haremos en cinco pasos:

Primer Paso “Cerrar Círculos” debemos vivir aceptación, ese recuerdo o evento que se desea sanar ya sucedió, ya pasó, ya transcurrió… lo haremos sin usar una lógica para explicarlo, sin dar un sentido o mayor explicación. Aceptarlo y asumirlo es eliminar todos los “por qués” y “hubieras” que quieres que te aclaren, porque aunque así se haga, siempre se abrirá otra interrogante o reclamo más. Entonces nulifica cualquier ¿Por qué fuiste así? ¿Por qué me lo hizo a mí? Si me hubiera querido, si no se hubiera ido, si no hubiera pasado, si todo hubiera sido diferente, si aún me quisiera, etc.

Segundo Paso “Cerrar Puertas” esto es concluir o cerrar el momento, asumiendo la imposibilidad de regresar a la situación, tiempo o lugar. Incluso prescindir de aclaraciones de ese pasado o ese momento, que de seguro despertará nuevos porqués o hubieras, así como evitar recuperar los “silencios”, aquello que no dijimos, hicimos o no aclaramos, hoy ya no se puede decir, cuando se busca cerrar puertas. Esto es real, lo que ya no se dijo en su momento, decirlo hoy no tiene impacto alguno en la situación pasada. Por eso ya no pedimos explicaciones ya no damos explicaciones, cerramos ese capítulo. Este es el paso más difícil, sobre todo si la expectativa de resarcir el daño aún se tiene o quiere.

Tercer Paso “Asumir el porvenir del Presente”  “Enfrentar tu pasado, con el presente destino” Entender que ya no encajo ahí, que no pertenezco más a ese lugar, ese corazón, en esa casa, a esa habitación, en ese empleo, por qué lo sé y lo acepto, decido cerrar este capítulo. Este paso se vincula fuertemente a entender que eso que hoy quiero seguir cargando y que incluso me genera desgaste, corresponde a una vivencia pasada y no al presente y ni al futuro.

Cuarto Paso “Nada es igual, todo se mueve”  “La filosofía del status quo, ya no es válida” por lo tanto se debe asumir y afrontar que ya no soy el mismo de ayer, del mes pasado, del año pasado; he crecido, he cerrado puertas, me reinvento. Ni tú serás el mismo, ni el entorno al que quisieras regresar es el mismo, porque en la vida nada se queda quieto, nada es estático.

Quinto Paso “Soy suficiente para mi”  Recordar que los demás, no son indispensables, soy yo el indispensable para mí. Desde ahora, solo dependo de mí, en mi proceso de crecimiento, en mis decisiones, en mis expectativas y coexisto con los otros. No a la codependencia y el sobre apego. Somos seres sociales, pero no dependemos exclusivamente de alguien para nuestra sobrevivencia emocional.

Cerrar círculos es un proceso que requiere valentía, autonomía y perseverancia. Pero siempre será un paso liberador y de reinvención. Sana tu historia y construye certeza y fortaleza emocional para ti.

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