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Publicado por Susana en marzo 15, 2019
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Dentro de la familia existen diversos mundos que conviven entre sí: el de la pareja, el de los padres y el de los hermanos, por tanto el mundo de la pareja se convierte para los hijos en un modelo de interacción a seguir; el mundo de los padres representa la contención y el establecimiento de límites y formación; y el mundo de los hermanos es el gran laboratorio social donde se experimenta cómo relacionarse con los demás, se favorece el sentido de pertenencia y se ejerce un posicionamiento, es por ello que el mundo de los hermanos se experimente a través de muchos matices, como son el amor y desamor, la alianza y rivalidad, el compañerismo por el abandono en otros.

No extrañe entonces a los padres de familia encontrar interacciones entre sus hijos con tintes de rivalidad, ya que la misma se ejerce como un recurso para ubicar su posición dentro de la familia o como una evaluación de su capacidad o habilidad frente al hermano, es entre los hermanos donde el afecto por los padres se comparte y “pelea”.

Cuando la forma habitual de relación entre los hermanos es en tono altamente competitivo e incluso confrontativo, se puede deber a sentimientos de inseguridad en uno o varios de los hermanos. La inseguridad suele provenir frecuentemente de sentirse menos valioso que el otro. Lo que hace preguntarse a los padres de familia ¿Qué hace que mi hijo se sienta menos valioso que su hermano o hermana?.

¿QUÉ PRODUCE ESA RIVALIDAD ENTRE HERMANOS?

1.- Sentimiento de inseguridad

Un niño con la autopercepción de no ser validado por él mismo o los padres genera celos hacia el éxito o posicionamiento del hermano, mermando con ello su autoestima, elemento necesario para afrontar la vida sin miedos. Muchas veces no es necesario que exista una situación real de injusticia en la casa, la propia inseguridad del niño puede llevarlo a formarse ideas equivocadas sobre quiénes son los preferidos de papá y mamá.

2.- Complejo de inferioridad

Así mismo, la envidia puede ser consecuencia de un complejo de inferioridad. Puede darse cuando el hermano mayor es muy brillante y el otro lo percibe como un techo inalcanzable O cuando ve a otro, aunque sea menor, como un rival que todo lo hace mejor que él. Según varios autores, la raíz de todos los sentimientos de inferioridad son las comparaciones, las que oyen de otros o las que ellos mismos se hacen para sí.

3.- La atención de los padres

Algunos hijos con el objetivo de que se les preste atención, generan acciones o conductas incluso negativas para que se fijen en ellos, aunque con ello se metan en problemas o se les sancione. Muchas de las peleas y roces entre hermanos son una forma de captar la atención de los padres.

Por otra parte, está comprobado que la escasez de algún recurso o la satisfacción de una necesidad básica es causa de guerra entre los hombres. Cuando un hijo siente amenazado el cariño y la dedicación de papá y/o mamá, emerge en él un “instinto de territorialidad” o afán de defender lo que considera suyo. Siendo ésta otra causa frecuente de rivalidad entre hermanos menores, porque todavía no entienden que el amor compartido no disminuye sino que crece y diversifica.

Algunas otras veces las “peleas” se originan porque no hay otra cosa que hacer. Es fácil que una larga y aburrida tarde de sábado termine en pelea, en ese caso tener actividades divertidas, productivas y colaborativas es la opción, es importante no caer en el riesgo de ser el animador de la vida de nuestros hijos, en esas tardes inactivas y de conflicto, como estrategia de paz se les puede sugerir a los hermanos que elijan: “O se ingenian un buen juego amistoso, o a cada uno se le asigna un trabajo extra en casa como: sacudir la biblioteca, organizar las fotos, limpiar el patio, etc”.

4.- Por deterioro del vínculo entre los padres

“Se puede afirmar, que el vínculo parental es la ‘zapata’ de todo el sistema familiar, y del cual depende la suerte de toda la familia” Es prioritario asumir que el vínculo filial (lazo fraterno) se descompensa o incluso rompe, como consecuencia directa del fracaso en el vínculo parental (relación entre padres).

El proceso observado es el siguiente: La pareja se adapta y establece una forma de relacionarse y por tanto se integran como esposos, al nacimiento del primer hijo la atención e interacción entre ellos se pone a prueba, al tener que compartir tiempos y afecto con el nuevo miembro (el hijo) generando en muchas ocasiones un descuido a la relación; y con la llegada del siguiente hijo, existe una frecuente tendencia a “engancharse” o vincularse con mayor apego a uno de los hijos, el cual se vuelve el “preferido” o más afín al progenitor, descuidando aún más el espacio de pareja e incluso se produce un divorcio “emocional”, volcando hacia este hijo el afecto que al principio le era destinado a la pareja. El desenlace final de toda esta dinámica es la rivalidad entre hermanos en el vínculo fraterno. Cada familia hará su propia dinámica, pero, la regla es que la rivalidad entre hermanos se origina en la preferencia que dan los progenitores.

En otras palabras, si los padres se llevaran mejor y permanecieran vinculados emocionalmente entre ellos, cubiertas sus necesidades afectivas, los hijos tendrían menos tendencia a la rivalidad fraterna y a los desajustes emocionales. Es importante recordar que es con nuestros hermanos con quienes desarrollamos nuestras técnicas de competencia o posicionamiento, las refinamos a la perfección y las mantenemos siempre a mano, listas para ser activadas, preparándonos al mundo real.

El clima familiar es muy importante; si predomina el amor y la confianza, dando lugar a un mejor entendimiento entre todos, siendo el antídoto contra los celos. Conviene propiciar entonces el afecto y compartir con los hijos, los acontecimientos familiares como son los proyectos comunes, las expectativas de vida, ilusiones, valores de la propia familia. Si se estimula la expresión sincera de sentimientos y emociones, se liberan miedos, tristezas e inseguridad. Así mismo hay que habituarles a compartir las responsabilidades diarias, aunado a propiciar realizar actividades en las que todos los miembros de la familia colaboren en ello. Cada hijo puede ayudar al otro en lo que sabe o puede hacer, participando de la misma tarea. También realizar sesiones de juegos familiares, excursiones y viajes; es decir “hacer convivencia familiar”.

FORTALECIENDO LA ALIANZA

 

Estas son algunas estrategias que puedes fortalecer para lograr una sana convivencia entre hermanos.

Dedica la misma cantidad de tiempo en cada día a cada uno de tus hijos.

En ese tiempo permítele al niño ser el único centro de tu atención, concédete un tiempo para escucharlo, cuidarlo, mimarlo y gozar mutuamente de la compañía del otro.

Estimula la presencia de experiencias independientes para cada uno de sus hijos

Evita el preguntar en conjunto, ejemplo: cuando los recoges del colegio ¿cómo les fue? Debiendo ser ¡Diego cómo te fue en clase?. No aceptes respuestas genéricas. Busca las vivencias y sentimientos de cada uno. Haz arreglos para que cada uno de tus hijos tenga algún tiempo durante el día en el cual tenga actividades independientes. Fomente los amigos y actividades independientes (así como las actividades en conjunto).

Evita las comparaciones

Trata a cada uno de los miembros de la familia, como lo que es, alguien único con talentos y valores irrepetibles.

Intenta no mantener algún tipo de favoritismo

* El consentir a un niño más que al otro.

* El cargar o abrazar más a un hijo que a otro.

* El estar más interesado por los gustos o por el desempeño de uno por encima de los otros.

* El dedicarle mayor tiempo.

* El entregarle más dinero a uno que a los otros.

No intervenir.

Que sean ellos mismos los que aprendan a defenderse. Intervenir sólo en caso de que la pelea se complique, o uno de ellos sea dominador de los demás.

Mantener la calma

Permanecer ecuánime y ser objetivo favorece estar en calma en estas duras pruebas, incluso en algunas ocasiones pedir la intervención del progenitor que tiene más equilibrio emocional.

Ser justos.

Cuando haya que intervenir, no buscar culpables, todos lo son en mayor o menor grado. Trate de que la pelea termine con el perdón y la reconciliación. A veces, habrá que hablar con cada uno a solas para ayudarle a reconocer su culpa y a perdonar sin rencor.

Estar alerta

Si las peleas brotan como consecuencia de un rencor reprimido o cuando uno de ellos se convierte siempre en el tirano y otro es siempre la víctima; habrá que hacer un trabajo educativo más profundo hasta lograr que ese hijo supere esa condición interna, o incluso considerar la intervención de un profesional.

No dramatices demasiado.

Considera a la envidia o la rivalidad fraterna, como algo normal en la vida de los hermanos, actúa siempre buscando el enfoque formativo para que superen dichos episodios y se preparen para este mundo real.

 

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